
La Visión de la Iglesia Liberación Latina es
ser una comunidad de esperanza
que proclama el amor inclusivo de Dios,
removiendo barreras a la fe y
permitiendo que toda la gente crezca en gracia hacia la plenitud,
por medio de la experiencia personal y comunitaria con Jesús.
Queremos ser una Iglesia activa, transformadora y tremendamente inclusiva. Queremos ser motor de transformaciones sociales, de cambio de paradigmas, de renovación de las relaciones. Queremos que la acción de la Iglesia vaya más allá de las declaraciones. Soñamos con laicos comprometidos que transformen el mundo desde sus lugares de acción, sus hogares, sus trabajos, su círculo de amistades. El desafío es ser hombres y mujeres comprometidos con la fe, insertados en el mundo de los marginados y excluidos, en los trabajos modestos y aquellos de gran responsabilidad. Que el Evangelio se note, no por las condenas que se hagan a las conductas de los demás, sino por el amor que se entrega, la felicidad que brota y la energía que se derrama allí donde estemos.
Para esto hay que ser decididos, creativos, arriesgados, confiados en que nuestra tarea es buscar el reino y lo demás será dado por añadidura. Saber que las cosas pueden ser distintas, porque es un sinsentido que el hombre esté condenado a la tragedia, a la pobreza, a la explotación, a la servidumbre, al hambre, a la indigencia, al dolor, a la soledad. Dios nos ha regalado herramientas poderosas de transformación, nuestra capacidad de amar, la generosidad, nuestro conocimiento, la creatividad, nuestro ser comunidad, y en sí todo nuestro ser, sin exclusión ni parcialidades debe volcarse a transformar con originalidad nuestro entonrno. Debemos saber que el Evangelio no excluye.
Debemos todos, laicos y consagrados, dedicarnos a acoger, entender, comprender y amar, mucho más que a condenar, excomulgar y privar de los sacramentos, a tantas personas que sufren las separaciones conyugales, que tienen una condición sexual distinta o que viven en diversas situaciones dolorosas, nada comparable con nuestro pecado de creernos jueces de nuestros hermanos. Una Iglesia que quiera estar VIVA el nuevo siglo debe ser propositiva, acogedora, transformadora y creíble, debe ser testigo real del amor de Dios y debe ser protagonizada por los laicos.